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Quizás la oficina del miedo no recibió el memorándum

Estudios recientes de firmas de análisis automotriz, como Edmunds, sostienen que los propietarios de autos eléctricos se desprenden de sus vehículos más rápido que quienes conducen modelos a gasolina. La lectura superficial es obvia: los eléctricos no serían tan buenos, no generarían la misma confianza o terminarían decepcionando a sus dueños. Pero si uno mira un poco más allá del titular, aparece otra explicación mucho más simple. Hasta hace muy poco, los autos eléctricos eran un producto reservado para una minoría con alto poder adquisitivo. Eran, literalmente, juguetes caros. Y las personas con mayores ingresos suelen cambiar de vehículo con mucha más frecuencia que el promedio. No porque estén descontentas, sino porque pueden hacerlo. Muchos renuevan su automóvil cada uno o dos años, independientemente de que funcione perfectamente. Eso es todo. A medida que la electromovilidad se masifica, y ya lo está haciendo, los patrones de uso comenzarán a parecerse cada vez más a los del mercado tradicional. Los números terminarán convergiendo. Y quizás, dentro de algunas décadas, los autos a combustión ocupen el mismo lugar que hoy tienen los vinilos, las cámaras análogas o las máquinas de escribir: objetos de culto para entusiastas, más cercanos al hobby que a la necesidad. Lo verdaderamente interesante de estos estudios no son sus conclusiones, sino el eco que producen. Nos recuerdan una historia repetida una y otra vez: cada vez que surge una tecnología capaz de alterar un negocio gigantesco, aparecen voces dispuestas a frenarla, desacreditarla o, al menos, retrasarla. Ocurrió cuando nuevas formas de iluminación amenazaron el negocio del queroseno. Ocurrió cuando la industria automotriz comenzó a abandonar tecnologías establecidas. Ocurrió en los años noventa, cuando el General Motors EV1 apareció como una visión adelantada a su tiempo y desapareció del mercado tan rápido que todavía genera debates, documentales y teorías.

También ocurrió cuando las tabacaleras insistían en que el problema no era el cigarrillo, sino cualquier otra cosa que pudiera desviar la atención.

Por eso resulta curioso observar cómo ciertos argumentos contra los vehículos eléctricos sobreviven incluso cuando la realidad avanza en dirección contraria. Las ventas crecen, la autonomía aumenta, los precios bajan y la infraestructura mejora. Sin embargo, algunos mensajes siguen repitiéndose como una transmisión olvidada.

Quizás nadie les avisó que el programa terminó hace rato. Quizás la oficina encargada de difundir el miedo no recibió el memorándum. O quizás ocurre lo mismo que en Canal 7 cuando descubrieron que todavía seguían transmitiendo Los Venegas mientras hacían inventario.


Hasta hace muy poco, los autos eléctricos eran un producto reservado para una minoría.
Hasta hace muy poco, los autos eléctricos eran un producto reservado para una minoría.

Disclaimer:


Javier Jensen es fundador y CEO de VICI Electromovilidad. Cree que el futuro llegará igual, aunque algunos sigan esperando una segunda opinión del pasado.

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04 jun
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