top of page

La señora no odiaba el bot. Extrañaba ser atendida.

La señora gasta unas doscientas lucas mensuales en carteras Michael Kors.

Lo cuenta feliz. Como quien habla de nietos o vacaciones.


Después mira el celular, aprieta la boca y dice que odia el bot nuevo de la tienda.


“No sé usar tecnología nueva”, dice.

“Y tampoco quiero aprender.”


Le explico que detrás del bot igual hay una persona.


Yo.


Pero eso no cambia nada.


Porque la señora no odia el bot.


Mujer intentando cargar un auto eléctrico en una estación de servicio tradicional mientras trabajadores observan en silencio.
Chile sigue funcionando como si pudiera comprar modernidad sin modificar hábitos.

A la señora le gusta que la atiendan. Quiere sentirse "jefa".


Y honestamente, ¿quién no?


Le gusta escribir una pregunta y sentir que alguien dejó de hacer otra cosa para responderle. Le gusta que alguien busque el producto. Le gusta que alguien diga “yo la ayudo”.


Le gusta sentir que hay alguien al otro lado.


Eso también es lujo.


Durante años, el lujo no fue solo comprar cosas caras.


Fue tener acceso al tiempo de otros humanos.


Alguien que abre la puerta. Alguien que trae el auto. Alguien que responde el WhatsApp. Alguien que dice “déjeme ver eso por usted”.


Hace poco se volvió viral un video de una mujer intentando echarle bencina a un auto eléctrico.


Millones se rieron.


Pero la escena no parecía absurda.


Parecía triste.


La mujer sostenía la manguera como quien busca un interruptor en una casa ajena.

Porque durante más de cien años mover un auto significó exactamente lo mismo: detenerse, cargar combustible y pagar. Eso era manejar.


Mujer intentando cargar un auto eléctrico en una estación de servicio tradicional mientras trabajadores observan en silencio.
La señora no odiaba el bot: por qué los autos eléctricos incomodan más de lo que deberían

Ahora aparece un auto que no hace ruido, no vibra y no necesita una estación de servicio.


Se carga solo durante la noche mientras uno duerme.


No hay conversación. No hay trabajador. No hay ritual.

Solo una pared y silencio.


Chile sigue funcionando como si pudiera comprar modernidad sin modificar hábitos. Quién sabe, a lo mejor todavía hay personas que añoran ir al Blockbuster.


Compramos celulares absurdamente rápidos para seguir haciendo exactamente lo mismo. Compramos SUVs gigantes y quedamos atrapados en los mismos tacos. Instalamos aplicaciones para ahorrar tiempo y después usamos ese tiempo extra mirando otras pantallas.


Todo parece moderno.


Hasta que la modernidad elimina una costumbre que nos gustaba.


Ahí empieza la resistencia.


Por eso la electromovilidad incomoda más de lo que debería.


No por ecológica. No por cara. No por futurista.

Porque elimina rituales humanos antiguos.


El sonido del motor. La parada en la estación de servicio. El trabajador acercándose a la ventana. La sensación de que alguien participa en el proceso.


Y aun así, los números ya empezaron a cambiar la conversación.


Hoy cargar un auto eléctrico en casa en Chile, recorriendo unos 1.500 kilómetros mensuales, puede costar entre $29.000 y $43.000 pesos. Un vehículo similar a combustión puede superar fácilmente los $250.000 mensuales en bencina.


Pero incluso así, mucha gente sigue sintiendo incomodidad frente a un cargador.

Porque el cargador no conversa. No sonríe. No dice “yo la ayudo”.

Solo funciona.


Y quizás eso era lo que realmente incomodaba a la señora.

No el bot. No la tecnología. Ni siquiera aprender algo nuevo.

Sino perder esa pequeña sensación de que, por un momento, había alguien ahí para uno.


Alguien dedicando tiempo. Alguien prestando atención. Alguien haciendo algo porque uno estaba pagando.


Tal vez el verdadero lujo nunca fueron las cosas.


Tal vez era sentir que otra persona se detenía por ti.


Disclaimer:


Este artículo mezcla observación, opinión y narrativa para reflexionar sobre tecnología, automatización y hábitos humanos en tiempos de electromovilidad e inteligencia artificial. Algunas escenas y diálogos fueron condensados o adaptados con fines narrativos. Los valores y referencias mencionadas corresponden a estimaciones públicas disponibles en Chile al momento de publicación.


1 comentario

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Invitado
01 jun
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

🤛👌

Me gusta
bottom of page